martes, 13 de abril de 2010

Testigos con alas

Íbico, el gran poeta griego, se dirigía a la famosa fiesta de Corinto, donde concurrían miles de personas deseosas de presenciar las celebres luchas de canto.
Para llegar a su destino Íbico tenía que atravesar el espeso bosque de Poseidón, cuajado de bandidos. Como su bolsa estaba vacía, se interno sin temor por aquella senda que hacia Corinto lo encaminaba, sin más equipaje que su lira y sus ilusiones.
Pero a la mitad del camino, se encontro con dos malhechores, que sin mediar palabra le embistieron. Íbico comprendío que su fin había llegado y que no había nada que hacer para salvar su vida.
Grito en vano, ya que nadie escucho sus lamentos.
-Nadie sabra de mi muerte- dijo el poeta
En ese momento, una bandada de grullas que en ese momento pasaban por ahí presenciaron su muerte. Y fueron ellas, las que al llegar a la fiesta de Corinto comunicaron la fatal noticia del asesinato de Íbico y delataron a sus asesinos, que fueron condenados a morir ahorcados en el patibulo y a soportar las burlas de la gente ahí presente.
Bien dijo el poeta:
La conciencia a los malvados
Castiga tan pronto y bien,
Que hay muy pocas que no esten
Dertro de su pecho ahorcadas.

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